Hay entrenamientos que terminan con una sensación de triunfo: más energía, un mejor tiempo, más peso levantado o simplemente la satisfacción de haber cumplido. Pero también existen esos días en los que todo cuesta. El cuerpo se siente pesado, el rendimiento no es el esperado y la sesión termina muy lejos de lo que habíamos imaginado. Para Mónica Reyes Fuchs, precisamente ahí puede aparecer una de las lecciones más interesantes del ejercicio: aprender a regresar.
La idea no consiste en convertir cada entrenamiento en una prueba de rendimiento, sino en entender que el progreso también está hecho de días imperfectos. Volver a ponerse los tenis después de una sesión que salió mal puede ser, en sí mismo, una forma de avanzar.
“Yo siento que a veces, el verdadero logro consiste simplemente en volver a ponerse los tenis al día siguiente”, comenta Mónica Reyes Fuchs. Desde su experiencia, el movimiento ha dejado de ser únicamente una actividad para mantenerse activa y se ha convertido también en un espacio para practicar la paciencia y la constancia.
El valor de una sesión que no salió perfecta
La importancia de mantener cierta regularidad en la actividad física también aparece en la evidencia científica. Un análisis publicado en JAMA Internal Medicine, que reunió datos de más de 661,000 adultos, encontró que distintos niveles de actividad física se asociaban con un menor riesgo de mortalidad que la inactividad, incluso cuando la cantidad de ejercicio era inferior a las recomendaciones habituales.
Más allá de las cifras, el mensaje puede ayudar a cambiar la relación con el entrenamiento. Una sesión mediocre no invalida las anteriores ni determina las siguientes. El ejercicio puede acumular beneficios incluso cuando no todos los días alcanzamos nuestro mejor desempeño.
Mónica Reyes Fuchs lo explica desde una perspectiva personal: “En mi caso, el poder regresar después de una sesión que no salió como yo quería me ayuda a sentirme más en confianza, me hace más ‘resistente al fracaso’, por así decirlo”.
Esa resistencia no implica ignorar la frustración. Se trata más bien de aprender que una experiencia que no salió como esperábamos puede formar parte del proceso sin definirlo por completo.
Una lección que sale del gimnasio
El ejercicio también puede convertirse en una práctica para relacionarnos de otra manera con los tropiezos cotidianos. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) señalan que la actividad física regular puede contribuir a reducir síntomas de ansiedad y depresión y favorecer el bienestar emocional. La American Psychological Association también reconoce el movimiento como una herramienta que puede ayudar a manejar el estrés.
Para Mónica Reyes Fuchs, esa experiencia se relaciona con algo que trasciende el entrenamiento: la tolerancia a la frustración. “Gracias a eso siento que soy más tolerante a la frustración cuando no logro lo que quería”, comparte.
Mónica Reyes Fuchs ha trasladado esa idea a su vida profesional. “Para mí, el poder aprender a aceptar esa volatilidad puede ser útil para tenerme paciencia en mis metas profesionales”, comenta.
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